El hambre
sobre la fe, el deseo y todo lo que no se nos permite ser
Cuando un hombre dice que lo que quiere es una mujer tradicional, está apelando a la no mujer. A una especie de bella durmiente que vive a través de los deseos ajenos, que no tiene anhelos propios y cuyo deber (y destino) es ejercer de sirvienta eterna a las órdenes de la familia, sea lo que sea eso.
Hablamos de una mujer pasiva, que renuncia a ser vista, a sentirse viva.
Una mujer que no es una mujer.
Ahora que las mujeres hemos entendido que nuestros deseos y anhelos importan, que no son portadores de ningún mal, no queremos volver atrás.
Cuando pienso en esto, siempre me viene a la cabeza la escena de Novitiate, protagonizada por Margaret Qualley en el papel de hermana Cathleen. Cathleen, una joven de 17 años criada por una madre soltera en un entorno rural de Estados Unidos, decide ingresar en un convento tras sentir la llamada de Cristo.
Pero Cathleen, aún intentando entender quién es y qué quiere, anhela desesperadamente ser vista, ser tocada, sentirse deseada, sentirse viva.
Es una escena desgarradora. No tanto porque sea una aspirante a monja, sino porque ahí aparece algo reconocible: esa frustración que nace de no ser vistas de manera activa. De no ser vistas como seres con deseos, anhelos y necesidades.
Como sirenas entonando cantos de libertad para saciar el hambre.
Y eso choca de lleno con lo que convencional y fundacionalmente se espera de cualquiera de nosotras.
Si somos sirenas, debemos perder la voz por el bien de la humanidad. Para salvarnos a todos, para evitar la destrucción… mientras nos destruimos a nosotras mismas.
Esos cantos de libertad se convierten, deliberadamente, en cantos de muerte.
La hermana Cathleen tiene unos deseos físicos que no pueden llenarse únicamente con su amor por Cristo. Con ese noviazgo, fruto de fantasías religiosas que tienen mucho de erótico. No le bastan los Salmos ni sus connotaciones casi pornográficas, quiere sentirlo en la piel. Porque hay algo que no pueden darnos los Salmos ni las promesas: esa forma de regulación que solo existe en el contacto.
Al igual que las santas y las brujas, quiere sentirlo en la piel tanto como en la cabeza.
Como estigmas que arden y despiertan del letargo.
El culto a Cristo no dista tanto del culto al marido.
La hermana Cathleen nos representa a todas: esa novicia que quiere sentir, porque no sentir la está matando, pero que al mismo tiempo sabe que el mundo la mira y la juzga.
El mundo ve a esa sirena voraz que aniquila a hombres buenos.
Esos hombres que caen en sus fauces por ser lo que a ella se le impide. Y aun así, el problema sigue siendo ella. Su deseo. Su voz. Su cuerpo.
Gracias por leer esta aquí.
Carla
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